Las 70 obras de Salamone (Tercera Parte)


Las máquinas llegaron de madrugada y el grueso de los trabajadores llegaron por la mañana. Jamás en su historia el pueblo de Constancia vio una construcción con las dimensiones que parecía tener esta obra. Todos los del pueblo, hasta los más chicos que no sabían todavía leer, pasaban por el lugar con pasos distraídos para detenerse curiosos bajo la sombra del gran cartel que daba aviso.
Matadero Municipal de Constancia.
Licitación publica N° 102/13. Monto contrato $2.038.000.
Plazo de ejecución 665 días corridos. Fecha de inicio 8/8/1956. Contratista: ingeniería y proyectos Oscar López Méndez. Representante técnico: Arquitecto Francisco Salamone
Si bien en Constancia había pequeños productores ganaderos nadie entendía una inversión y una construcción tan grande desde el gobierno provincial. Con esa confusión enloquecida con que comienzan a moverse las hormigas cuando los chicos le arrojan azúcar por la entrada del hormiguero. Todo el pueblo se comenzó a mover en un éxtasis general.
Muchos se lanzaron a traer con algún auto alquilado toda la mercadería posible desde los pueblos vecinos. Aun antes de que aquel faraónico matadero pusiera en el pueblo su primer ladrillo, ya se habían inaugurado todo tipo de negocios para abastecer a esa legión interminable de albañiles, de técnicos, de herreros, de plomeros, de electricistas. Con todos los acentos que tiene nuestro país y nuestro mundo entrecruzándo naturalmente a muchos correntinos, algunos porteños, tucumanos, puntanos, cordobeses, italianos, españoles, turcos, polacos... más que un lúgubre matadero parecía que aquí se construiría en ese alboroto decidido la legendaria torre de babel.
Entonces Constancia comenzó a rebalsar de almacenes, tiendas, kioscos y ferreterías. También se llenó de celos y pasiones nuevas, amores prohibidos reales e imaginarios, Es que las jóvenes ya no podían otra cosa que espiar y hablar de los recién llegados. En cambio las mujeres más grandes habituadas al tedio constante del pueblo no disimulaban para nada su curiosidad y bien adornadas se asomaban resueltas a la calle, como si en vez de desganados albañiles lo que percibieran llegar fuese a una tropa de valientes guerreros que avanzaban próximos a una batalla.
Era común en esos días ver como se desalojaban a los niños de sus habitaciones, para poner luego arriba de sus ventanas un cartel con el nombre de algún comercio. El orden de castas o la división del trabajo se desmanteló por completo. Solo había comerciantes en Constancia. Desde el director de escuela hasta el policía, el bombero o el municipal... todos abrieron un local en su casa. Todos estaban ansiosos, confundidos. Si bien esperaban la flamante inauguración pautada para mediados del año 1958, estaban también tristes por el hecho de que esa obra tuviera un final y sus prósperos negocios irremediablemente tuvieran que desaparecer. Pero no faltaron esos típicos entusiastas que llenaron la cabeza a ese pueblo ya demás deslumbrado. Pronosticaron como auspiciosos profetas un futuro grande, alardearon de un progreso mayor por venir aun. Un futuro inimaginable para este miserable Constancia. "Cuando el matadero abra sus puertas, cientos de obreros serán incorporados a trabajar con sueldos muy buenos. Cientos de productores ganaderos se instalarían en el lugar. Las tierras de Constancia se revalorizarían y la vivienda más humilde tendría el mismo valor que aquellas presuntuosas de la capital federal. La prosperidad sería inevitable... "
Aquellas cosas que se decían todo el tiempo en todos los rincones del pueblo nunca pasaron. Ese incalculable progreso ni ningún otro llego jamás.
A mediados de 1958, como se había pactado, los trabajadores fueron abandonado de a poco la obra, las máquinas fueron las primeras y las ultimas en dejar Constancia. En esa última tarde sorpresivamente nadie vino a inaugurar al flamante matadero, ni el gobernador, ni el intendente, ni ninguna autoridad, nadie se acercó jamás para abrir aquellas puertas por más de cincuenta años.
El matadero terminado jamás funcionó. Jamás se ha sacrificado allí a ningún animal. Solo quedó esa masa de cemento y frío hierro, gris, estática, monstruosa en medio de ese llano continuo de Constancia. Nadie podría decir que aquello estaba muerto por que aquello en realidad nunca había existido. Aquella presencia que había causado tanta alegría e ilusión a los moradores del pueblo ahora les producía un profundo desagrado., una afrenta de un gobierno que pareció edificar un monumento colosal de decepción, como mostrándole a cualquier viajero que pase por allí lo que le espera en ese lugar de abandono. Más que la desidia, lo más condenable de esos irresponsables funcionarios fue el haber sembrado una esperanza en un pueblo que ya no la tenía. Constancia saboreó otra vez el desengaño amargo, recordó otra vez lo que era sentir el dolor de lo que podía haber sido y no fue.
El gobierno de la provincia solo dejó a un trabajador en el matadero, un casero, un cuidador misterioso que alcanzaron a ver aquellos días en que se inició la obra.
Lo visitan solo algunos niños temerosos en busca de aventuras. También unos camiones del gobierno de la provincia llegan una vez por mes para traerle provisiones y unas instrucciones desconocidas .
La obra numero setenta de Francisco Salamone se había terminado, el pacto que ataba al arquitecto ya se había cumplido.

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